martes, 15 de marzo de 2011

En el colectivo, ayer...

Iba sentada en los asientos del fondo concentrada en mi lectura y de reojo veo a alguien venir y me corro para hacer lugar del lado de la ventana; acaparó mi atención la chica que se ubicó y su gesto de agradecimiento. Al rato, ofrecí cambiarme de asiento ya que su madre estaba del otro lado de la fila. Esta hablaba por teléfono sobre estudios médicos y la posibilidad de un diagnóstico de migraña compleja o epilepsia. Fugaz levanté la mirada de mi libro tras una puteada de parte de la señora que hablaba ahora de un certificado médico y me compartió su molestia sobre el burocrático sistema en este país, en relación a todo. Luego de nuestro breve intercambio concluí en que la chica, de 14 años, era la protagonista de uno de esos posibles diagnósticos y se me llenaron los ojos de lágrimas.
Nada resulta fácil en la adolescencia; en suma, tener una enfermedad complica todo aún más lo referente a la propia percepción.
De repente, me vi en esa nena y de repente vi en su mamá a mi mamá: una madre tenaz, verborrágica y amorosa y una nena dulce y calma a la que examinan, hablan en términos médicos y hacen estudios de lo más complejos (escenas que no salen en las películas felices) que no entiende del todo y sólo quisiera silencio para poder procesar lo que le está pasando. Pero no: mamá se queja y pelea y va y viene con trámites porque es mi mamá y qué impotencia le provoca a ella también, aunque mayor ella, de otra forma enfrenta y yo, rebelde, quiero liberarme pero eso no me sirve cuando algo mal físico... Tiesa me quedo, congelada la mirada alta y hacia adelante y me prometo no llorar.
Sentí regalarle algo a esa nena, pensé en mi libro, porque en la forma en que me miró sentí que me pedía algo.   
Antes de bajarme me di vuelta y le deseé suerte, que puede resultar una palabra efímera, pero no fue mi intención la de una palabra exacta, sino hacerle saber que la vi.